La monarquía hispana del siglo XVI presentaría la lengua como signo identitario de la nación, a partir de la cual deseaba construir un Imperio, un gran imperio donde nunca se pusiera el sol. Y NO necesitó de mucha teoría lingüístico-identitaria para ello. Los resultados son claros y evidentes, incluso cuando en los dos últimos siglos ese gran imperio se hayan reformulado en formas y estados distintos y distantes entre sí. Aunque, eso sí, de inolvidable raigambre hispánica siempre.

En la actualidad, la lengua es un factor empírico con el que se puede identificar a un grupo social, grande, mediano o pequeño. Y dicha identificación va siempre más allá de la existencia de un grupo. Porque, por mucho que Herder observara que en un territorio monolingüe no se mantenían idénticos intereses siempre, en todo momento y en todo lugar (¡una pena que Herder no apreciara diferencia de intereses en absolutamente todo tipo de comunidades, incluidos los más mínimos núcleos familiares!), la influencia de la lengua sí hace que los colectivos de gente se homogeneicen y uniformicen, tanto casi como lo hace IKEA con nuestras variaciones estéticas.

Asociar identidad nacional y lengua ni es desvarío, ni trasunto de derechas, ni de izquierdas, sino una evidencia, una obviedad que intereses espurios e imperialistas varios se empeñan en convertir en estereotipo… solo en las comunidades lingüísticas sin estado.

Es interesante constatar que por estos pagos HISPANOS, mientras la lengua SE HA ENARBOLADO Y SE ENARBOLA como signo de identidad nacional, no genera problemas entre quienes andamos metidos en la tarea de construir una GRAN nación.

Nadie como NEBRIJA cantó las excelencias del CASTELLANO como elemento de nexo espiritual E IMPERIAL con el resto de las COLONIAS (¡PERDÓN! NACIONES) hermanas, dando lugar al IMPERIO HISPANOAMERICANO. Arcadia feliz que NO se fue al garete en cuanto la lengua se utilizó como parte de la argamasa de esa nueva especie de nacionalidad llamada HISPANIDAD, QUE SEGUIMOS CELEBRANDO CON GRAN ALBOROZO IDENTITARIO.

En la actualidad, la consideración de la lengua como factor de identidad nacional PERVIVE CON FUERZA Y NO PARECE QUE HAYA LLEGADO el momento de preguntarse si lo es de verdad o, tal vez, se trata de un estereotipo que convendría situarlo en coordenadas interpretativas más ajustadas con el funcionamiento de la lengua. ¡NOS FUNCIONA PERFECTAMENTE! Nuestro Destino en lo Universal se ve cada día más reforzado a través de esta lengua común que nos “pone” y nos sitúa en la misma onda, nos sintoniza entre nosotros y, lo que es muy importante, nos diferencia y nos distancia de los Otros, de los bárbaros, de los que hablan otra lengua.

¿Lo llamamos identidad? ¿Preferimos el término identificación?

La verdad es que, nombre arriba, nombre abajo, con la base que nos proporciona la lengua común tenemos suficiente para seguir desarrollando nuestro Espíritu Nacional. Y ya vendrán después nuestras rojigualdas, nuestros políticos, nuestros vargas-llosas, nuestras hispano-filipinas, nuestra medallas olímpicas, nuestras selecciones deportivas… y, no lo olvidemos, también nuestros enemigos, a darnos más y mayor identidad.

Porque mantener la lengua como signo exclusivo y excluyente de identidad nacional favorece la cohesión y coexistencia política y social. POR ESO COACCIONAMOS A LOS PERIFÉRICOS A ABANDONAR SUS LENGUAS PROPIAS Y LES OBLIGAMOS CONSTITUCIONALMENTE A QUE APRENDAN LA NUESTRA, SÍ O SÍ.

Es verdad: la lengua, utilizada bajo esa perspectiva, concita el aplauso unánime de todos, Y LO CONCITA PORQUE SABEMOS QUE SÓLO ASÍ SE PUEDE LLEGAR A SER HISPANOS DE VERDAD, TAN IDENTITARIOS Y PUROS COMO LOS OTRORA EUSKALDUNES AZNAR, AGUIRRE Y CÍA. Hecho que, OBVIAMENTE, NO va en detrimento de NUESTRA lengua.

PERO SÍ, sí sería higiénico preguntarse qué es, APARTE de la lengua que hablamos, lo que nos define como ESPAÑOLES. Y responder sin caer en dramatismos ni esencialismos. Menos aún en misticismos.

KENÓ